Odio los cabos sueltos. Asuntos a medio hacer o conversaciones a medio terminar. Esa incompletitud es caldo de cultivo de interpretaciones erróneas, y por consiguiente de acciones y decisiones equivocadas.
Odio las respuestas ambiguas. Promovidas muchas veces por falta de conocimientos o falta de valor para posicionarse. Con el paso de los años he venido comprobando que ese estado límbico de imprecisión es el preferido por la gente vulgar o carente de recursos intelectuales.
Odio las explicaciones vacías. Esos falsos conocedores de la verdad que se esconden tras rebuscadas palabras rimbombantes para maquillar su ignorancia supina.
Suspiro... la teoría de los cabos abiertos. Si se pone en práctica la felicidad está mucho más próxima. Y si no se trata de la felicidad como idea platónica al menos será una falsa y temporal sensación de felicidad que te acompaña hasta la tumba. También hace su función pues.
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