jueves, 27 de enero de 2011

Detesto la imprecisión

Odio los cabos sueltos. Asuntos a medio hacer o conversaciones a medio terminar. Esa incompletitud es caldo de cultivo de interpretaciones erróneas, y por consiguiente de acciones y decisiones equivocadas.

Odio las respuestas ambiguas. Promovidas muchas veces por falta de conocimientos o falta de valor para posicionarse. Con el paso de los años he venido comprobando que ese estado límbico de imprecisión es el preferido por la gente vulgar o carente de recursos intelectuales.

Odio las explicaciones vacías. Esos falsos conocedores de la verdad que se esconden tras rebuscadas palabras rimbombantes para maquillar su ignorancia supina.

1 comentario:

  1. Suspiro... la teoría de los cabos abiertos. Si se pone en práctica la felicidad está mucho más próxima. Y si no se trata de la felicidad como idea platónica al menos será una falsa y temporal sensación de felicidad que te acompaña hasta la tumba. También hace su función pues.

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